Glen David Short, quien realizó un largo viaje desde California hasta Cartagena,

 presenta el relato sobre su encuentro con los restos del Último Emperador Azteca, 

un corto fragmento de su libro An Odd Odyssey.


TRAS LOS RESTOS DE CUAUHTÉMOC

Por Glen David Short

Traduccion David Lara Ramos

Me levanté bien temprano lleno de picaduras de mosquitos. Ya no tenía tiempo para comprar un repelente, menos para desayunar. Caminé unas pocas cuadras para tomar un minibus hacia Ixcateopan. El bus estuvo quieto por más de una hora, a pesar de que el conductor gritaba que saldría de inmediato. Salimos. Eludimos huecos, burros, perros perdidos y hasta un deslizamiento de tierra. Por el camino, recogimos más y más pasajeros. Las rocas salientes de los precipicios estaban pintadas con avisos políticos del PRI. La curiosa mirada de los lugareños me hizo sospechar que pocos turistas hacen el viaje hasta Ixcateopan, a pesar de que está relativamente muy cerca de Taxco.

Después de dos horas viaje, algo llamó mi atención. ¿Qué era esa cosa blanca que veía a través de los árboles? La tortuosa ruta permitía sólo fugaces miradas mientras nos íbamos acercando al pueblo. Las recomendaciones de visitar ese lugar no me habían preparado para la asombrosa vista que estaba ante mí: una pirámide de mármol, coronada por una gigante estatua de bronce de Cuauhtémoc, que permanecía en actitud guerrera. Sostenía un garrote azteca, un águila con la alas extendidas estaba en uno de sus hombros. Cuauhtémoc significa "Águila atacadora", en lengua azteca. La pirámide era escalonada, y usaba el patrón de formas irregulares. Grandes piedras puestas entre unas más pequeñas, tal como lo había visto en Teotihuacán, sólo que ésta era una moderna y fiel reproducción. El conductor se detuvo. Permitió que me bajara para hacer algunas fotografías. Parecía orgulloso de que estuviera impresionado, pero, esa maravilla, no era lo que buscaba en este lugar.

Las calles eran blancas. Al igual que las casas, construidas de adobe y mármol, el que es sacado muy cerca del pueblo. Eso pone un aura de magia a un lugar antiguo y místico. Minutos más tarde, el minibus llegó a su parada principal. Una estatua -tamaño natural- de Cuauhtémoc y su pirámide nos recibió. La plaza era muy agradable, un árbol llameante, florecido, y un mosaico de Cuauhtémoc incrustado en el sendero. Subiendo por esa maravillosa vía se llega a lo que parece una iglesia moderna, allí pregunté por lo que estaba buscando. Adentro, un hombre me dijo que la respuesta a mi pregunta estaba en la siguiente puerta, en la iglesia colonial. Era una edificación muy vieja, incluso para los patrones mexicanos. En la entrada había una loza grabada con el año 1539, a menos de 50 años del primer viaje de Colón, y a escasos 18, después de que Cortés tuviera el control absoluto de la inalcanzable Ciudad de México. Era obvio que la edificación había sido una capilla, ahora no tenía bancas; las vitrinas, una vez ocupadas por imágenes, estaban vacías. Solo queda la pintura de un azteca solitario, en la parte superior, donde una vez estuvo el altar. Abajo, un busto de un azteca en una loza de concreto. Manchas de miles de velas derretidas en la base de la loza, cubierta con una tapa de vidrio. No había un alma cuando me aproximé a ella. Puse mis ojos a través del cristal. Parte de un cráneo y pedazos de un esqueleto calcinado, pulcramente dispuestos junto a unas vértebras y lo que parecía un par de pedazos de vidrio.

Fijé los ojos en esos restos con incredulidad, embelesado. Sentí que conocía a ese amigo, y merecía sumo respeto.

Estaba ante los restos del rey Cuauhtémoc, el último emperador azteca.

Entonces apareció un hombre desaliñado. Era el curador, Jairo Rodríguez del Olmo. Estrechó mi mano y preguntó de dónde era, mi respuesta lo dejó un tanto confundido. Le pregunté sobre el esqueleto y las pruebas de su autenticidad. Sonrió, y me llevó a un salón contiguo, donde había en exhibición unos afiches que contaban la historia de Cuauhtémoc. Montezuma II dio la bienvenida a los conquistadores, pero fue asesinado, por una turba azteca o por Cortés (hay narraciones que se contradicen, sin embargo el señor Jairo se inclina por la última), al morir Montezuma, fue reemplazado por su hermano Cuitláhuac, quien murió pronto a causa de la viruela traída por los españoles. El poder pasó entonces a manos de Cuauhtémoc, sobrino de Montezuma. Cuauhtémoc, a pesar de ser muy joven, reorganizó la armada azteca contra Cortés. Su grupo de elite de guerreros, caballeros del águila, doblegaron a los españoles y los obligaron a retirarse.

Sin embargo, el artificioso Cortés, fue capaz de rearmar sus tropas con la ayuda de tribus sirvientes de los Aztecas, las que construyeron una flota de barcos a orillas del lago Texcoco, y lanzaron su ataque final; en los tres meses de asedio hubo bloqueos, hambrunas, ejecuciones masivas y la devastación de las ínsulas. Finalmente, Tenochtitlán (Ciudad de México) cayó ,y, Cuauhtémoc fue capturado cuando navegaba por el lago. Cuauhtémoc le pidió a Cortés que lo matara, estaba avergonzado por no haber podido repeler la embestida española. No necesitaba sentirse así. Historiadores establecen que los Aztecas fueron abatidos más por las enfermedades europeas que por la campaña de Cortés, y el asalto no habría tenido éxito sin la ayuda de ejércitos vecinos formados por guerreros de tribus enemigas. Cortés mantuvo prisionero a Cuauhtémoc por varios años, torturándolo para que dijera el lugar donde se escondías los tesoros, a fin de cuentas, se enviaron más de 1.500 libras de oro a España, antes de colgarlo, cuando el control español se consolidó y ya no era útil. En el salón contiguo se muestran ilustraciones de su ejecución. Sus brazos fueron amputados, arrojadas al campo y consumidos por las águilas; su cuerpo, purificado al fuego, según la costumbre azteca.

Si me quedaba alguna duda en mi mente sobre la autenticidad de los huesos, el señor Jairo rápidamente me las disipó. Dimos otra mirada a los restos. Faltaban los brazos, tal como lo relatan las crónicas. Sus huesos estaban bastante ennegrecidos. Las pequeñas rocas colocadas al lado de su cráneo eran diamante, amatista y jade, pero la evidencia más convincente es el disco de cobre encontrado alrededor de su cuello cuando fue desenterrado por el padre de Jairo en 1949. Solo se lee:

1525 1529 Reyes Cuauhtémoc.

El disco tiene una cruz grabada. Las fechas se refieren al período entre su muerte y su eventual sepultura en su pueblo de origen. (El nombre completo del pueblo es Ixcateopan de Cuauhtémoc, en el estado Guerrero). Jairo desapareció y regresó con un libro sobre la historia de la tumba, ofreció vendérmelo, desafortunadamente, no tenía suficiente dinero, y me tomaría cuatro horas de viaje para conseguirlo. Sin embargo, me dio su tarjeta de presentación, un regalo que siempre atesoraré. En ella lo proclaman una carta viviente para que difunda la leyenda de Cuauhtémoc, y así asegurar su inmortalidad. La tarjeta establece que es el Guardián XIII de los Restos de Cuauhtémoc, en una línea hereditaria de custodios. Al reverso de la tarjeta hay información histórica sobre el rey, empezando por su nacimiento en 1500, y su elevación a la posición de Tlatoani en el Supremo Senado Azteca. Están también las palabras que pronunció la víspera de la rendición del Imperio Azteca:

"Nuestro sol se ha ocultado, pero volverá a salir". En realidad suena más memorable que Et tu, Brutus. En estos años he visitado algunas tumbas famosas: Churchill en Oxford. Colón en Sevilla. Breaker Morant en Pretoria y Henry Lawson en Waverley; pero tengo que decir que la tumba del Rey de la Águilas es la más interesante. Los restos se pueden ver ,y, más allá de las controversias, es la única con un guardia que ha recibido su misión por herencia. Más curioso pensar que Ixcateopan es tan inaccesible y tan pequeño que no aparece en la mayoría de los mapas.

Salí de la capilla para encontrarme con la luz del día, el sol se reflejaba sobre el blanco adoquín y deslumbraba. El mismo pueblo es razón suficiente para justificar una visita. Tiene un museo, aparte de la tumba, y algunas ruinas, en las afueras. Una corta caminata nos lleva a ese lugar. No son muchas las ruinas, solo cimientos y parte de una pared. Un caballo pasta entre ellas. Hay un aviso que dice: "Respeta el trabajo de tus antepasados, no destruyas lo que ellos construyeron".

La caminata por el pueblo me recordó la primera villa donde dormí en México, en San Ignacio. Había sido golpeado por el ritmo del lugar. Aquí en Ixcateopan ya estaba más acostumbrado a la forma de vida Mexicana. La falta de vehículos y la ausencia de ruido permiten que pueda deducir qué están haciendo sus moradores: el sonido de un serrucho, muestra es la casa de un carpintero; un cadencioso ruido mecánico proviene de una costurera y su vieja máquina de pedal; mientras que el olor a comida descubre la sazón de las mexicanas. Burros deambulaban por las calles y la gente cultiva maíz en sus patios.

Vi dos ejemplos de cómo en Ixcateopan convive lo tradicional y lo moderno: un hombre construye su casa con la misma técnica usada para construir las ruinas, y en un patio cercano, la rama de un árbol es movida con vigor, observo, espero ver un mico o una ardilla. Pero no, es un embace plástico de coca-cola partido por la mitad, amarrado a una vara para alcanzar las frutas. Es el equivalente a la vara usada por los antiguos Cochimi, cosechadores de cactus, y que se ven pintadas en las paredes de las cavernas. El pueblo no está completamente tocado por la modernidad, sin embargo, algunas casas tienen satelitales sobre sus techos de arcilla.

El minibus, que tomé de regreso a Taxco, recogió algunos estudiantes. Se fueron apiñando uno a uno, más y más, hasta que habían 19 adentro y cuatro colgando afuera. En un gesto caballeresco, las niñas siempre logran entrar, los muchachos cuelgan como banderillas. Una vez en Taxco, decidí que pasaría más tiempo es esta tranquilla villa, pague por otra noche y me fui a buscar un buen repelente para los mosquitos. Comí de prisa -la primera del día, ya era de tarde- una sopa de carne de res, muy grasosa, pero barata y no tan mala cuando puedes pasarla con una gaseosa.

por Glen David Short, fragmento de: An Odd Odyssey.

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